domingo, 19 de junio de 2011

MARAVILLAS NATURALES EN GIPÚZCOA Y NAVARRA

Tuve la oportunidad hace aproximadamente un mes de visitar 2 parques naturales de gran importancia en las dos provincias citadas en el título, el Parque Natural de las Peñas de Aya en Oiartzun (Guipúzcoa) y el Parque Natural de la Sierra de Urbasa-Andia en Navarra.

Pude conocer ambos parques gracias a una excursión con la clase, llena de aprendizaje y nuevos seres que hasta entonces, habían sido para mí totalmente desconocidos.
El día 25 de mayo acudimos al parque natural de las Peñas de Aya, y recorrimos una pequeña porción del mismo partiendo desde una senda que comenzaba en las mismas peñas que dan nombre al parque. Los buitres leonados (Gyps fulvus) planeaban altos, en un cielo sin nubes y, acompañados del entomólogo Xanti Pagola iniciamos el viaje.

Las Peñas de Aya
Nos dirigíamos hacia un pinar y al llegar pudimos escuchar los cantos de carboneros garrapinos (Parus ater), bisbitas arbóreos (Anthus trivialis), mitos (Aegithalos caudatus), agateadores comunes (Certhia brachydactyla) y un zorzal charlo (Turdus viscivorus) que cantaba con fuerza, imponiendo su melodía por encima de las del resto.
Mi primera sorpresa fueron las dedaleras (Digitalis purpurea) que crecían en los bordes de la senda.



Conocía la planta, pero no había podido disfrutar de su color en vivo y en directo. 

Dedalera (Digitalis purpurea)
Continuando con la ruta y haciendo pequeñas paradas para escuchar las explicaciones de Xanti avanzamos por un camino rodeado de pequeñas cascadas y florcillas que siempre me llaman la atención, como la Myosotis sylvatica, que aparecía en abundancia junto a la senda.

Nomeolvides (Myosotis sylvatica)
Nuestros pasos se acercaban cada vez más al hayedo, mientras dos flores muy habituales como la Ajuga reptans y la Campanula rapunculus adornaban el suelo a los pies de los pinos.

Rapónchigo (Campanula rapunculus)

Una rana bermeja (Rana temporaria) saltaba a esconderse y yo contemplaba atónito los majestuosos tejos (Taxus baccata) que crecían solitarios en el pinar.
Ya en el hayedo, el entomólogo nos contaba la importancia de la madera muerta para la recuperación de especies de coleópteros tan bellos como la Rosalia alpina a la cual no tuve la opción de descubrir, pero si a especies fúngicas como la Amanita rubescens, que se encontraba a la sombra de una bonita haya (Fagus sylvatica).

Amanita rojiza (Amanita rubescens)

En la foto no se aprecia el tono vinoso que la caracteriza, pero aún así su hermosura sigue patente.

Otra sorpresa en forma de hongo sapro-parásito fue el Pleurotus ostreatus, que se encontraba en el tronco de un haya, al igual que el liquen Melanelixia fuliginosa.

Champiñón ostra (Pleurotus ostreatus)




Melanelixia fuliginosa
Las redondas formas del Lycoperdon utriforme se encontraban distribuidas por el suelo forestal y una hembra de pinzón vulgar (Fringilla coelebs) buscaba alimento incesantemente entre la hierba.

A pesar de los interesantes temas abordado por X. Pagola mi mirada y mi atención se desviaban inevitablemente hacia el cielo en busca de algún ave, hasta que por fin una culebrera europea (Circaetus gallicus) sobrevoló nuestras cabezas a poca distancia.

Culebrera europea (Circaetus gallicus)
 Con una sed del demonio proseguimos la marcha e iniciamos el regreso, esta vez, siguiendo otra senda. Tras una buena caminata, alcanzamos la ansiada fuente, y, mientras esperaba mi turno para beber, pude conocer dos nuevas plantas: Saxifraga hirsuta y Soldanella villosa.

Quebrantapiedras (Saxifraga hirsuta)

Soldanella villosa. Una planta rara y limitada a las zonas húmedas de la vertiente cantábrica
Salimos a campo abierto, el sol pegaba con fuerza y costó llegar nuevamente a las grandiosas peñas que habían sido el inicio de nuestro itinerario y que ahora serían el final.

Al día siguiente, partiríamos hacia Urbasa pero de momento, la noche la pasaríamos en el camping de Etxarri muy cercano a la sierra.

En ningún momento pude suponer el encuentro que me aguardaba en el mismo camping, a medianoche, en la oscuridad de un lugar donde los murciélagos y los relámpagos armonizaban en la siniestra inmensidad de lo negro.

Los cárabos (Strix aluco) se escuchaban por toda la arboleda que rodeaba la zona y decidí acudir en su busca acompañado por un compañero de clase. Nos acercamos a uno de los extremos del camping, donde previamente había tenido el placer de oír el canto de está maravilla emplumada. Al principio, no oímos nada, pero observamos una pálida silueta volar de árbol a árbol.
Mi primera impresión fue de que era un quiróptero, un gran fallo por mi parte, pero la única rapaz nocturna de la que poseía cierta experiencia en su observación era de la lechuza (Tyto alba).
Dirigí mi linterna hacia aquellas ramas en las que pareció posarse y…¡¡ahí estaba!! Un curioso y rojizo cárabo común nos observaba con sus negros y atentos ojos mientras movía la cabeza de un lado a otro. Mi emoción era tal que me temblaban los dedos de las manos. Permanecimos impresionados ante aquella ave que parecía estar observándonos con el mismo interés con el que nosotros la observábamos a ella.

Continuamos observando y resultaron ser dos los cárabos que por allí rondaban. De pronto, el enigmático canto de un tercer cárabo se escuchó muy cercano y la pareja acudió alterada en busca del intruso. Uno de ellos se quedó en la rama de un árbol a escasos metros de donde nos encontrábamos y comenzó a ladrar como un perro, un sonido tan desconocido para mí como sorprendente. Tras varios minutos nos fuimos a dormir pues el próximo día sería un nuevo día de descubrimientos.

Ya a la mañana del día 26 y después de un corto trayecto en autobús llegamos a nuestro destino, Urbasa. La niebla bañaba todo el hayedo, que por el momento no eran más que grupos de hayas separados por claros e intercaladas por Crataegus monogyna, Prunus spinosa y rocas con helechos como el Asplenium trichomanes. En los troncos de las hayas los hongos yesqueros (Fomes fomentarius) reinaban y el tomillo sanjuanero o serpol (Thymus serpyllum) tapizaba la superficie.

Asplenium trichomanes


Hongo yesquero (Fomes fomentarius)
Nos internamos en el bosque y en él pude contemplar un buen número de simas y diferentes especies botánicas como el eléboro fétido (Helleborus foetidus), Daphne laureola y la bonita e interesante hierba madrona (Lathraea clandestina) parásita de las raíces de árboles del género Salix, Populus, Alnus, y como en este caso de Fagus.

Hierba madrona (Lathraea clandestina)
Entre la hojarasca había brotes de arces campestres (Acer campestre) dispuestos a hacerse un hueco entre las imponentes hayas y junto a ellas un buen número de Euphorbia sp..

La nueva generación de arces campestres (Acer campestre)
Había pasado largo tiempo y tocó poner rumbo al bus, no sin antes escuchar los lastimeros cantos de los camachuelos (Pyrrhula pyrrhula) o la risotada del pito real (Picus viridis).

Ya nuevamente en la zona de dispersas hayas, endrinos y majuelos encontramos en el suelo a un majestuoso insecto, un coleóptero cerambícido, pariente del más grande de los escarabajos europeos (Cerambyx cerdo), Morinus asper. Pude recrearme en su belleza y elegancia, en sus largos cuernos propios de criaturas mitológicas, mientras le bombardeaba con mi cámara, con la intención de retratarle, en la medida de lo posible, en todo su esplendor.

Morimus asper. Un cerambícido propio de los hayedos.
El viaje llegó a su final, y como siempre, me quedé con ganas de más pero sin duda me llevé experiencias inolvidables de dos lugares que son muy recomendables tanto por los bellos seres que lo habitan, como por la magia de sus paisajes.

Endika

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